Hasta ahora no han sido usados los métodos de la medicina basada en la evidencia, para investigar la existencia de la “maldición de la momia".
Los argumentos contra la maldición han sido tan anecdóticos como las noticias contemporáneas que la propagaron.
La muerte en 1923 de J. Herbert (Lord Carnarvon), el financiero de la expedición que desenterró la tumba de Tutanjamon, fue aireada de forma sensacionalista por la prensa internacional. Desarrolló una erisipela tras la picadura de un mosquito, que se complicó con una septicemia y una neumonía. Se especuló que su muerte se produjo por la "maldición de una momia”. Los reportajes de prensa de aquel tiempo señalaron que la muerte de éste y de su perro estaban asociados con la maldición. No importa lo oscuro de la conexión. El caso era que tanto Lord Carnarvon como su “patilargo tres colmillos”, como le llamaba, murieron al mismo tiempo según la leyenda.
Alb Lythgoe, otro individuo expuesto a la tumba, murió súbitamente en la cama del hospital. Herbert Winlock, Director de la Sección Egipcia del Museo Metropolitano de Arte Moderno de Nueva York, se sintió obligado a refutar la supuesta maldición. Indicó que durante aquel periodo (1934) sólo seis de los 24 personas originalmente presentes cuando se abrió la tumba habían muerto. Él apuntó también que Carter había tomado muestras del sarcófago por miedo a que hubiera existido algún contagio, pero estos habían sido “absolutamente estériles”. Mientras podemos dudar de la veracidad de la declaración anterior, esto es la muestra para decir que había considerable escepticismo por aquellos considerados en peligro. Sin embargo la maldición de la momia aún persiste como un mito urbano. Investigué si tal fenómeno existió comparando la supervivencia de aquellos expuestos y no expuestos a la maldición de la momia usando un ensayo retrospectivo de cohortes.
La mayor parte de las tumbas de Egipto fueron abiertas y saqueadas en tiempos pasados, por lo general por los propios obreros poco después del entierro. Por lo tanto, es imposible averiguar si la maldición de la momia también alcanzaba a estos ladrones. En épocas modernas pocas tumbas de un faraón se han descubierto relativamente intactas. La de Tutanjamon fue descubierta en noviembre de 1922 por el arqueólogo británico Howard Carter, discretamente oculta por los trabajadores del Valle De los Reyes en Luxor, durante la Dinastía XVIII. Dirigía las excavaciones bajo el patrocinio de Lord Carnarvon.
La maldición de la momia se asume como una entidad física más que entidad metafísica y por lo tanto sólo aquella gente físicamente presente en la rotura de los sellos sagrados en un área previamente segura a la tumba del faraón, fue considerada en peligro. También se asume que aquella exposición era finita, tan sólo los que visitaron y entraron aquel mismo día, como decía, se consideraban expuestos. La tumba de Tutanjamon había sido asaltada en épocas antiguas, posiblemente en más de una ocasión (Fig 1). Por lo tanto la apertura de la primera, de la segunda y cuarta puerta, es decir, de la antecámara y el anexo, no se pensó que pusiera en peligro a los individuos.
La maldición de la momia que ahora es aceptada ampliamente fue fruto de la literatura ficticia. En 1869 Louisa May Alcott, autora “Mujercitas”, habían escrito un cuento llamado "Perdido en una Pirámide: La maldición de la Momia”. Una fuente alternativa podría haber sido un cuento relacionado por el pintor de los EU Joseph Smith (1863-1950), quien contó una maldición sobre el rey hereje Ajenaton, suegro de Tutanjamon.
Por las circunstancias de este hallazgo realizado en la edad moderna se ha mantenido el mito de la maldición de la momia a ojos del público. No encontré ninguna evidencia para su existencia. Quizás por fin el trágico rey muchacho Tutanjamon, pueda descansar en paz.